sábado, 7 de junio de 2008

IV. LA SEÑORA RITA.


La señora Rita.


Empezó con un quiosco y cuatro cositas en un cachito de local que luego sería la balonera, al lado del gimnasio del colegio. Posteriormente pasaría a ocupar un buen local junto al teatro cuando quedó libre tras enviudar la inquilina del mismo.

Era famosa por los bocadillos de patatas bravas y de tortilla española, que los preparaba con un gusto exquisito, y no lo digo porque los alumnos a la hora del recreo tuviéramos más hambre que los pavos de Manolo, sino porque hay que reconocerle a la señora el mérito de su cocina.

Movía la pechuga y la amplia circunferencia de su cintura con soltura y agilidad por la barra de seis metros de larga, atendiendo a toda la chavalería que se agolpaba en cinco de los metros, ya que el trocito del fondo siempre estaba ocupado por los profesores que tomaban café y pincho. Todos eran atendidos sin demora bajo la atenta mirada de su marido, el señor Serafín, que desde el fondo la observaba agotado por el esfuerzo que suponía elevar el brazo hasta la boca para dar una calada tras otra a su rechupeteada faria.

Una máquina de marcianitos, otra de bolas y dos futbolines servían para las apuestas y los pierde-paga de los jóvenes que hacían cola por demostrar sus habilidades y buscar el reconocimiento que a lo mejor no conseguían de otra manera. Tres o cuatro mesas cuadradas grandes con sus sillas completaban el ajuar del local en el que se iniciaron al pitillo cientos de chicos, entre ellos los suyos, que eran tantos como dedos tiene la mano y que sacó adelante con gran esfuerzo y dedicación, esos sí, con la inestimable ayuda de la mirada de Serafín, que con su aguardentosa voz advertía a su mujer:

- ¡Rita!, deja ahora esas tazas y atiende a esos chavales a ver que quieren.

La señora Rita le replicaba:

- ¡Toma!, ¿es que no puedes pasar tú aquí un momento y atenderlos?

A lo que Serafín le decía con tono piadoso:

- ¡Vamos mujer, date prisa que no pasa nada porque friegues más tarde!

Luego te miraba con gesto achinado a causa del jirón de humo que se le había metido en el ojo, enseñaba el hueco del diente esbozando una leve sonrisa y haciendo una especie de "chik" con la lengua, guiñaba mientras con el pulgar señalaba a su mujer y decía en voz bajita para que su señora no le oyera:

- ¡Je!... ¿Qué te ha parecido?... ¿eh?... ahí la tienes.

Alguna vez, medio en broma medio en serio, algún profesor le dijo que ya le valía, que bien le podía echar una mano de vez en cuando.

A lo que él respondía muerto de risa.

- ... Y los huevazos que hay que tener para esto.... ¿eh?

- Anda hombre que no te vas a agotar.

- Ya lo sé yo, a ver quien te crees que ha cortado la tortilla...

Y así durante treinta años.

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