MONTERO.
Persona que busca y persigue la caza en el monte, o la ojea hacia el sitio en que la esperan para abatirla.
Esta sería la definición de la palabra, pero en nuestro caso, Montero era, la persona que se sentaba en el bachillerato a mi derecha, espabilado donde los haya, de un metro setenta de estatura siendo generosos, ancha espalda ligeramente curvada, con una leve chepa en su zona cervical, que lejos de darle un porte distinguido, altivo y elegante, le daba un aire simpático a la par que gracioso. Este aspecto jocoso, se veía acrecentado por unas modernas gafas cuyas lentes cambiaban a color oscuro dependiendo de la intensidad con que la luz solar incidiera sobre ellas, y un acento extremeño que hacía que uno no supiera muchas veces si te estaba riñendo, a contándote un chiste. La verdad es que Montero era un buen tipo que, como el noventa por ciento de los compañeros, pasamos sin pena ni gloria por un “Salesianos” que sin duda estaba cambiando a los tiempos modernos, y en el que todavía quedaba algún Padre, que en algún momento de furia incontrolada nos mostraba cómo su mano llena de dedos podía estamparse en el rostro de un desdichado rapaz, dejándole las falanges tatuadas y un trauma difícil de superar, no sólo por la humillación de no poder responder, sino que además siempre había un graciosillo que en vez de poner sus ralas barbas a remojar, trompeteaba la nariz provocando la risa de algunos, que contemplaban horrorizados como el cura se acercaba desencajado, con la extremidad aún caliente en alto, para dejarla caer de nuevo sobre alguna testuz. A esto le podemos añadir que si te quejabas a tu padre del bofetón que te habían propinado, lo más probable es que te llevases otro en la otra mejilla mientras escuchabas eso de “algo habrías hecho, y como me entere de que te portas como un borrico te reviento la cabeza a coces”. Es fácil entender por qué los chicos dejaban correr esos infortunios, intentabas no darle más importancia de la necesaria, y esperabas el día en que fuera tu naso la que trompetease mientras el graciosillo de tu compañero era vapuleado por cualquier tontería que hubiera hecho.
Dependiendo de qué Ministro de la Iglesia habláramos, el castigo podía ser de muy diferente intensidad. Pasabas de estar de pié cara a la pared, a estar copiando con pelos y señales una lección del libro, de llamar a tus padres para que visitaran al profesor ofendido y te cayera un buen rapapolvos, a encontrarte directamente cinco dedos grabados en tu cara con un pitido en el oído que no se te pasaba en seis horas. Y es que en los ochenta, todavía quedaban curas y seglares de esos que pensaban que la letra con sangre entra, aunque todo hay que decirlo, también los había muy majos.
Decía que Montero había pasado sin pena y sin gloria por el Bachillerato, es cierto, pero desde luego no pasó desapercibido para alguno de nosotros, que observábamos casi con preocupación lo que se cocía en la cabeza de determinados adolescentes. La verdad es que era para quedarse pasmado con la imaginación que le echaba en los exámenes con tal de no dejar la hoja en blanco y que pareciera que había estudiado algo, cuando la verdad es que no sabía ni ubicar el libro en su propia habitación, pero entregar un examen con algo plasmado en él, aliviaba la conciencia y hacía que esa fatídica hora pasase más rápido, esquivando la mirada de un profesor que pensaba “qué pena de muchacho”, cosa que ocurría a menudo con los alumnos cuya carencia de conocimientos, les obligaba a abalanzarse discreta o descaradamente sobre el vecino, en un intento de capturar algo de sapiencia para salir del paso.
Día a día, las semanas iban pasando, las estaciones se iban sucediendo, hasta que por fin llegaba el 20 de junio y lo que para algunos era un suplicio, tocaba a su fin. Las vacaciones del verano habían llegado, solo faltaba superar el último encontronazo con algunos profesores, que gustosamente, y con un leve esbozo de sonrisa dibujado en sus rostros, te explicarían el porqué de tus calificaciones.
-¿Con quién tienes que hablar ahora?, se preguntaban los inquietos alumnos.
-Yo con Don Manuel.
-Que te sea leve, ¡suerte…!
Persona que busca y persigue la caza en el monte, o la ojea hacia el sitio en que la esperan para abatirla.
Esta sería la definición de la palabra, pero en nuestro caso, Montero era, la persona que se sentaba en el bachillerato a mi derecha, espabilado donde los haya, de un metro setenta de estatura siendo generosos, ancha espalda ligeramente curvada, con una leve chepa en su zona cervical, que lejos de darle un porte distinguido, altivo y elegante, le daba un aire simpático a la par que gracioso. Este aspecto jocoso, se veía acrecentado por unas modernas gafas cuyas lentes cambiaban a color oscuro dependiendo de la intensidad con que la luz solar incidiera sobre ellas, y un acento extremeño que hacía que uno no supiera muchas veces si te estaba riñendo, a contándote un chiste. La verdad es que Montero era un buen tipo que, como el noventa por ciento de los compañeros, pasamos sin pena ni gloria por un “Salesianos” que sin duda estaba cambiando a los tiempos modernos, y en el que todavía quedaba algún Padre, que en algún momento de furia incontrolada nos mostraba cómo su mano llena de dedos podía estamparse en el rostro de un desdichado rapaz, dejándole las falanges tatuadas y un trauma difícil de superar, no sólo por la humillación de no poder responder, sino que además siempre había un graciosillo que en vez de poner sus ralas barbas a remojar, trompeteaba la nariz provocando la risa de algunos, que contemplaban horrorizados como el cura se acercaba desencajado, con la extremidad aún caliente en alto, para dejarla caer de nuevo sobre alguna testuz. A esto le podemos añadir que si te quejabas a tu padre del bofetón que te habían propinado, lo más probable es que te llevases otro en la otra mejilla mientras escuchabas eso de “algo habrías hecho, y como me entere de que te portas como un borrico te reviento la cabeza a coces”. Es fácil entender por qué los chicos dejaban correr esos infortunios, intentabas no darle más importancia de la necesaria, y esperabas el día en que fuera tu naso la que trompetease mientras el graciosillo de tu compañero era vapuleado por cualquier tontería que hubiera hecho.
Dependiendo de qué Ministro de la Iglesia habláramos, el castigo podía ser de muy diferente intensidad. Pasabas de estar de pié cara a la pared, a estar copiando con pelos y señales una lección del libro, de llamar a tus padres para que visitaran al profesor ofendido y te cayera un buen rapapolvos, a encontrarte directamente cinco dedos grabados en tu cara con un pitido en el oído que no se te pasaba en seis horas. Y es que en los ochenta, todavía quedaban curas y seglares de esos que pensaban que la letra con sangre entra, aunque todo hay que decirlo, también los había muy majos.
Decía que Montero había pasado sin pena y sin gloria por el Bachillerato, es cierto, pero desde luego no pasó desapercibido para alguno de nosotros, que observábamos casi con preocupación lo que se cocía en la cabeza de determinados adolescentes. La verdad es que era para quedarse pasmado con la imaginación que le echaba en los exámenes con tal de no dejar la hoja en blanco y que pareciera que había estudiado algo, cuando la verdad es que no sabía ni ubicar el libro en su propia habitación, pero entregar un examen con algo plasmado en él, aliviaba la conciencia y hacía que esa fatídica hora pasase más rápido, esquivando la mirada de un profesor que pensaba “qué pena de muchacho”, cosa que ocurría a menudo con los alumnos cuya carencia de conocimientos, les obligaba a abalanzarse discreta o descaradamente sobre el vecino, en un intento de capturar algo de sapiencia para salir del paso.
Día a día, las semanas iban pasando, las estaciones se iban sucediendo, hasta que por fin llegaba el 20 de junio y lo que para algunos era un suplicio, tocaba a su fin. Las vacaciones del verano habían llegado, solo faltaba superar el último encontronazo con algunos profesores, que gustosamente, y con un leve esbozo de sonrisa dibujado en sus rostros, te explicarían el porqué de tus calificaciones.
-¿Con quién tienes que hablar ahora?, se preguntaban los inquietos alumnos.
-Yo con Don Manuel.
-Que te sea leve, ¡suerte…!
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