domingo, 8 de junio de 2008

VII. EL 24 DE MAYO.


El 24 de Mayo.

Venid y vamos todos, con flores a María, con flores a María que madre nuestra es. Mayo, el mes de las flores, y qué mejor flor para regalar a María que una buena acción.

Durante todo el mes de mayo, nos preparábamos espiritualmente para no desagraviar a nuestra Madre, para no disgustarla, bajo la atenta mirada de los profesores que si interpretaban que podías haber ofendido a María, también interpretaban el suplicio que María te habría impuesto como correctivo. Y a fe mía que tenían una forma muy locuaz de interpretar el castigo Divino, dos días tardó Pepe "cabecita" en barrer y fregar la iglesia, ya que como la tentación del maligno le había llevado a poner las suelas de los zapatos en el reclinatorio, quiso la Providencia inspirar a Don Ángel Santamaría, que en Gloria esté, para imponer semejante pena. Óscar, el "mirapaquetes", tuvo que quedarse por la tarde a limpiar todos los borradores de todas las pizarras del colegio, por limpiar el de su clase golpeándolo contra el alféizar de la ventana. De esta manera quedaba redimido el disgusto que le habías causado a María.

Todos los días íbamos a las nueve y media a rezar al gimnasio, los alumnos del bachillerato juntos, tras formar en fila de a dos en el patio. La oración se alargaba ocho o diez minutos más en el mes de mayo, así como se imponía la misa y la confesión de los miércoles a la una de la tarde. Te llevaban a la capilla, te sentaban en los primeros bancos, y mientras tanto dos curas mayorcitos, esperaban en la parte de atrás, con los ojos medio cerrados y un rosario al que iban dando vueltas y más vueltas en espera que algún pecador se acercara a ellos para recibir el perdón.

Pasaban los minutos, y la cinta de música coral que se oía de fondo llegaba a su fin, todo era silencio y recogimiento, pero casi todos lo único que hacíamos era mirar el reloj. De pronto sonaba la vocecilla de Don Manuel, que dirigiéndose a alguno al azar le preguntaba:

- Bueno, tú qué..., es que no tienes ningún pecado para confesar.

- Es que no se me ocurre nada...

- Vaya con el niño perfecto, ya tienes uno, por vanidoso a confesarte.

Miraba a otro y más de lo mismo:

-Qué..., ¿están ricas las pipas?, como vea una sola cáscara en el suelo...

-No son pipas, son garbanzos asados.

- Pues a confesarte, por glotón.

Así uno a uno iba asociando nuestros actos con los pecados capitales, obligándonos a ir al confesor para después dar una breve misa donde nos recordaba que debíamos ser limpios de alma y espíritu como Domingo Sabio. No obstante, se puede asegurar que al terminar la misa tras habernos confesado y comulgado, la mitad de la gente ya estaba en peligro mortal otra vez.
Los viernes de mayo por la tarde, nos llevaban al teatro del colegio, enorme, lúgubre, con cientos de incómodas butacas repartidas en dos plantas. En la parte de arriba, las últimas butacas rozaban casi con el techo, y en esa pared del fondo, en el medio, había un ventanuco por el que salía la luz del proyector, detrás del aparato, "el Parlante" manejándolo con habilidad. A nosotros nos sentaban abajo, donde esperábamos a que se apagaran las luces para empezar el acoso y derribo a Don Florentino, que una y otra vez nos daba un fogonazo con la linterna buscando al graciosillo que molestaba.

Tras varios minutos sin dar con los autores de las fechorías, nos amenazaba seriamente a todos con castigarnos a escribir la lección hasta las nueve de la noche si no dejábamos de armar, y no es que paguéis justos por pecadores, decía, porque unos sois autores, y otros cómplices por no acusar a los autores, de esta manera conseguía un poco de silencio. Enfocaba con la linterna hacia donde estaba "el Parlante" meneando el brazo de arriba a abajo a modo de consigna, y empezaba el espectáculo.

De repente, un volumen atronador que se regulaba más tarde, y una voz que decía:

CENTRAL CATEQUÍSTICA SALESIANA presenta: BAMBO.

Bambo, era un niño de color, de color negro, que habitaba en África, y que mediante unas filminas, los padres salesianos nos mostraban la vida de esa gente, y de los logros y necesidades de los misioneros y misioneras por aquellas tierras.

Ante todo captábamos el mensaje, las carestías que padecía Bambo, y aún así era un niño feliz, disfrutaba de lo poco que tenía, compartía un muñeco de madera, un palo con un aro y otros juguetes propios de la edad, de la edad de piedra, ya que los pobres no tenían nada más, y aún así eran felices a su manera, mientras que nosotros, niñatos mimados y privilegiados de occidente, por nacer unos kilómetros más al norte que Bambo, protestábamos porque no nos gustaba el color del coche teledirigido, y desperdiciábamos cosas que Bambo no se imaginaba que existieran. Quizá por eso era más feliz.

Salíamos del teatro cegados, pero con prisa, y con un fugaz cargo de conciencia, que se pasaba en cuanto los ojos volvían a adaptarse a la claridad, mientras don Florentino miraba como nos alejábamos seguramente pensando la suerte que teníamos frente al bueno de Bambo.

Así iba pasando el mes de mayo, entre rezos, castigos clases, filminas y un esperado pero soporífero día de ejercicios espirituales, del que lo mejor era, que ese día no había clase, aunque el catecismo del padre Astete te desbordaba por las orejas.

- El día más esperado.

Pero para día esperado, el de las doce horas de futbito, donde el que quería podía organizar un equipo de fútbol, y tras pagar una módica cantidad por "la ficha", participabas en el torneo.

Aquel año, el equipo favorito lo había organizado J A, el "Josito", que dentro de que era buen chaval, era muy influenciable y de fácil manejo por aquel que tuviera una sola neurona pensante más que él. Desde el momento en que captó para su equipo a F I C el "macagua", al "Viri" al "Juanri" y dos peloteros más, aquellos que quisieran ganar el torneo no tenían más que hacerle la rosca a Josito para que le dejase jugar en "su equipo".
Tanta estupidez le podía dar resultado con chavales de personalidad dudosa, que tenían que afianzarse una posición social de liderazgo a base de meterse con los más débiles, o escudándose en el protectorado de los gorilillas para que cada vez que humillaban a algún muchacho, éste no pudiera revolverse contra ellos.

Recuerdo que al bueno de Ricardo el "cachas", le hicieron el feo de no ficharlo en el equipo, cuando habían jugado cientos de veces juntos, e incluso habían sido compañeros todos los años atrás en el mismo campeonato. Ese año, Ricardo había dado un par de guantazos a alguno de los pelotilleros de Josito, que ni siquiera jugaban debido a que sus limitaciones físicas solo eran superadas por sus limitaciones intelectuales, pero que aún así tenían influencia sobre el voluble Josito.

Lejos de desanimarse, porque lo importante era participar, o eso decían los curas, Ricardo organizó un equipo de proscritos, con todos aquellos que les hubiera gustado jugar en el equipo del pobre Josito, pero que no les dejaban por no ser tan guai, o por saber leer, o por no catear casi todo.

Una de las cosas que tuvo en cuenta a la hora de sacar un equipo inicial, era el tamaño de los jugadores, factor que fue importantísimo para ir pasando eliminatorias, ya que en muchas ocasiones, la carencia de habilidades balompedísticas, era suplida por la fuerza de choque.

Quiso el azar que el último partido, el que lucha por el oro y la plata, fuese lógicamente el equipo de Josito, y casualmente el de Ricardo.

Todo eran adversidades, ya que excepto aquellos alumnos que sufrían en silencio el acoso escolar, que estaban a favor de Ricardo, el resto iba con Josito, porque así quizá subirían un peldaño y serían "masguáis".

Según trascurría el partido, la prepotencia, la chulería y la altanería de los Jositos, así como los insultos y risotadas del sector de la clase que les apoyaba, iba en aumento. Ello no pasó desapercibido para los cientos de personas de todas las edades que acudieron a ver la gran final, y que poco a poco se fueron poniendo de parte de los de Ricardo y contra los Jositos y los "masguáis" que les animaban.

El partido terminó teniendo que llegarse al lanzamiento de penaltis, debido a que al árbitro, que fue Don Manuel Montes, alias "el Montes", se le debió parar el cronómetro o a saber qué, ya que el último minuto, duró aproximadamente diez minutos más, justo hasta que los Jositos empataron el partido, en cuyo instante sonó el silbato y se pasó al lanzamiento de penas máximas con el consiguiente mosqueo y miradas asesinas de los de Ricardo hacia el juez de la contienda. Tras los lanzamientos, la victoria se decantó a favor de los de Ricardo, que además fue el protagonista ya que actuó como portero, paró un lanzamiento, y marcó acto seguido el gol que les daba el triunfo.

Si divertido fue ver como alzaban el trofeo, por las circunstancias que rodearon a la creación de aquel equipo de proscritos, más divertido fue ver la cara que tenían los Jositos, que lloraban como nenas su derrota. La parte más vergonzosa la protagonizaron parte de sus animadores "masguáis", que se les abrazaron para llorar todos juntitos mientras gritaban con pataleta, que los merecedores del oro eran ellos, pero la realidad es lo que cuenta, y solo uno es el campeón, sólo el mejor lleva el oro, y no fueron los Jositos. Bueno, miento, porque la copa de campeones tenía que quedar expuesta en clase hasta después del día grande, el 24 de mayo, y un día desapareció robada por uno de los Jositos. Nunca más se supo.

Por fin, llegaba el 24 de Mayo, a las diez de la mañana la gran misa de los alumnos, en la que los más pequeñitos se sentaban en los primeros bancos vigilados por la señorita Manoli, María Ignacia y Micaela y según nos alejábamos del Altar Mayor, iban ocupando esos asientos los cursos por edades, desde los más pequeños hasta los de C.O.U. bien vigilados de cerca por los seglares Don Carmelo, Don Alberto, Don Victoriano, Don Timoteo, La señorita Toñi de inglés, Don Alfonso, Don Jesús Ormaechea, Don Félix, Don Luís María, el Maiquel, Don Manuel Segado etc.. .mientras que todos los profesores curas del colegio daban la misa al unísono con el temido director Don Lorenzo.

Una hora después, por fin escuchábamos eso de:

- Podéis ir en paz.

Y mientras se accionaba el resorte de nuestros inquietos traseros se oía por la megafonía del sacro recinto con voz firme y enérgica:

- Sentaos todos ahora mismo, el orden de salida es por la puerta de atrás hacia el patio empezando por C.O.U. en silencio, seguido de tercero A - B - y C, luego los segundos y así sucesivamente, despacio, sin ruidos y obedeciendo a los profesores. Id saliendo.

E íbamos saliendo mientras cantábamos el himno propuesto de juntos como hermanos, miembros de una iglesia, vamos caminando, al encuentro del Señor.

Ya en el patio sonaban los petardos, los gritos de los más pequeños, las carcajadas de los más mayores y el tintineo de las llaves de don Felipe, tintineo que se silenciaba sólo para colocar las llaves entre los nudillos, haciendo más eficaz el dolor que causaba el capón que te propinaba si pensaba que te lo habías ganado. Mientras, tras el visillo de la ventana de la tercera planta, si sabías donde mirar, vislumbrabas la imagen de don Pablo, oculto, huraño, distante, solo.

Cuando llegaba la noche, a las diez y media, cientos de personas, alumnos, padres, profesores, antiguos alumnos y todo aquel que quisiera, se congregaban en el patio del colegio y alrededores para ver el último homenaje de las fiestas a María Auxiliadora. Daban comienzo los fuegos artificiales de Salesianos, buen espectáculo pirotécnico teniendo en cuenta los posibles que podía tener un colegio. El encargado de lanzarlos era el "Parlante" con el malogrado Don J C que falleció tras recibir la explosión de un artificio.

Todo eran risas, conversaciones entre gente que hacía, quizá años que no se veían, intercambio de teléfonos y "ohes" de admiración cuando un cohete de los grandes iluminaba el cielo de vivos colores pareciéndolo desgarrar tras la enorme explosión.

Veinte minutos después, del castillo de fuegos sólo quedaba el olor a pólvora, la gente salía por la puerta grande de la calle del Padre Astete, y en la oscuridad del patio se veía la tenue luz que salía de la ventana del tercero interrumpida por la paseante sombra de Don Pablo.

Al día siguiente, a menos que fuera domingo, las aguas volvían a su cauce, carreras por el patio para formar filas, oraciones en el gimnasio, silencio por las escaleras y los ¡Ay! de Pepe "cabecita" y de otros acosados recibiendo collejas y algún bofetón de Javi "melenas" en plan gracioso, o de Ajenjo "el creído" por otros llamado "babas" en plan mafioso busca broncas siempre protegido por cuatro o cinco macarras desescolarizados.

Recogíamos cada uno lo que hubiera llevado como decoración del aula para las fiestas y escuchábamos año a año el mismo sermón que nos recordaba que aunque ya era tarde, todavía había algo de tiempo para recuperar parte del tiempo perdido durante el curso. Y es que apenas faltaban veinte días para la llegada de las vacaciones de verano para unos, y del terrible cursillo de recuperación de julio para otros.

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