domingo, 1 de junio de 2008

II. DON MANUEL.


Don Manuel.

A las dos de la tarde salíamos del colegio, y de lo único que tenías tiempo era de ir a casa a comer, ya que a las cuatro empezábamos de nuevo.

Había dos cosas por las que rezabas para que no pasaran, la primera, que al llegar a casa no hubiera alubias o cualquier derivado de verduras, y la segunda que no sonara el teléfono.

Era inevitable. Alguna vez comiendo sonaba el teléfono, entonces la angustia se apoderaba de tus entrañas, el pulso se aceleraba y el corazón botaba dentro como queriéndose escapar por las orejas, la cuchara temblaba en la mano como tiembla la llama en una vela, de la frente brotaba sudor ardiente mientras la espalda era recorrida por una helada gota y tu rostro empalidecía mientras la cucharada de puré que tenías en la boca se convertía en una bola casi imposible de pasar. Tu cara se había trasformado y desencajado como si te hubiera poseído el demonio.

Eras consciente de tu inocencia, sabías que no habías hecho nada malo, pero era inevitable pensar si Don Manuel era tan consciente como tú. Hasta que tu madre o tu padre daban señales de que la llamada era de abuelita, ibas pasando un trance que describía todos los estados comatosos a los que te puede llevar el pánico.

Por fin el color tornaba a tus mejillas, el corazón regresaba al pecho, la cuchara se detenía como por arte de magia, el puré se licuaba de repente y el aguacero de sudor,… bueno el aguacero continuaba, dejándote la camisa horrorosamente empapada, lo que indicaba a tu madre que podías padecer un estado febril, que tus anginas iban a estallar, y que quizá sería necesario ir a Don Domingo el otorrino a que te recetara unas espantosas inyecciones, ya que no era normal esos sofocos y acaloramientos en pleno invierno salmantino. Y así durante trece años.

Don Manuel Montes, alias "el Montes", era sacerdote. Si le preguntáramos a muchos qué es lo que mejor recuerdan de Don Manuel, la respuesta para unos sería cuando en misa, parecía que solo a él se le estropeaba el micrófono, saliendo entrecortada su vocecilla, y pudiéndose escuchar solamente entre algún pitido de acople, la última sílaba de sus palabras, sonando algo similar a esto:

- ...bada la cena, ...mó el cá fiiiuuiiii liz ...tre sus manos y d...jo: ..mad y ...bed ...dos ...de él que en verdad os ...go que ...ta es mi san... ...gre de la alianza n...eva y e...erna que será ...rramada por ...sotros y por ...dos los hombres ...ra el ...dón de sus ...cados fiuuuuiiiií, ...ced ..sto en ...memoración mía.

Esto era motivo suficiente para provocar la mofa de los alumnos, y acabada la misa decía:

- Podéis ir en paz, excepto tú, Montero, que mucho te ríes, de penitencia vendrás a misa toda la semana a esta misma hora. Quiero verte bien atento ahí, en el primer banco.

No obstante, para la gran mayoría, el recuerdo principal era el ancho de sus manos, sobre todo de la derecha, que puesto que no había cogido un azadón desde que era niño, tal grosor solo podía responder a la hinchazón provocaba por los guantazos que repartía. La habilidad que tenía sacudiendo caras sería comparable a la destreza de un borracho sobre dos patas de un taburete.

Dio química a los de octavo de E.G.B., religión en otras clases, y allí donde pudiera faltar un profesor, la hora la rellenaba él. Fue tutor de algún curso, pero ante todo, era el segundo de a bordo, era el Secretario.

El departamento de cosas incautadas también lo llevaba, y si querías recuperar lo expropiado, o pagabas la mitad del valor de adquisición, o cumplías condena. Había balones, peonzas, pelotas de tenis, muñecos canicas, pistolas ... en cuantía suficiente para montar una juguetería o una tienda de deportes.

No consentía que se le contestara, no soportaba una insolencia y ni mucho menos un mal gesto. Si la falta era menor, te castigaba severamente, y mientras intentabas explicarlo, solamente decía -lo siento lo siento, pero oiga es que.... - Lo siento lo siento, pero... Don .... - Lo siento lo siento. Era estricto, serio y recto aunque tenía sus debilidades como cualquier persona.

Don Manuel le daba al trago, se decía que fue un sacerdote forjado más por la necesidad que por la vocación, pero demostró cien veces con el ejemplo que era más humano y más religioso que otros que sonreían siempre y que no tenían ni palabra mala ni acto bueno. ¿Verdad, Don Lorenzo?

Su atuendo habitual, era un pantalón de vestir color gris perla, una americana de tono azul desgastado con las hombreras decoradas por unos puntitos blancos de caspa nevada desde su estupendo pelo negro del que presumía que ya no se le caería y que se le despeinaba menos que el de la Sirenita. Camisa y jersey finos, y unos zapatos viejos negros que dejaban ver el abultamiento causado por el empuje de dos magníficos ejemplares de juanete. La puntera era redondeada y ligeramente corvada hacia arriba. Su majestuosa nariz, sostenía unas lentes de montura dorada con negro en su parte superior, que daban mejor visión a unos ojos pequeños y de corta pestaña como cualquier miope de la época. Alto, buen tallo, buena percha y mejor persona, eso sí, ¡ni Orantes tenía ese revés!

Hacia las tres y cuarto entraba en la taberna de la Sra. Rita, donde si no habían llegado, estarían al caer sus compañeros de fatigas, para dar cuenta de unas cuantas manos de tute, y aligerar las existencias etílicas de la tabernera. Entre arrastro y arrastro, sonaba la aguardentosa voz del Segado, el de gimnasia, que decía: - "Rita, Soberano", y justo detrás con voz menos firme, casi vocecilla, decía don Manuel: "Rita, dos, si son dobles mejor, que hoy pagan Alfonso y Félix".

Al llegar las cuatro de la tarde, hora en que sonaba el timbre del patio llamando a filas, salían los cuatro jinetes comentando alguna jugada, hablando todos a la vez, emplazándose para mañana y algo alegres tras la ingesta de algún carajillo, y un repasito a la botella de coñac en unos casos, a la de pacharán en otros y a ambas en otro.

Las filas de cursos, iban desapareciendo poco a poco del patio, la más rápida, cómo no, la que tuviera hora con el Parlante.

El profesor de turno, siempre encabezaba el curso, e intentaba controlar que la gente subiera las escaleras más o menos en silencio y sin armar. Pero la mayoría de las veces, un curso quedaba solo y bien formado en el patio. Era el curso cuya siguiente hora le tocaba con "el Montes". De pronto aparecía el delegado de curso diciendo: - "¡eh!, que subamos!

Todos subíamos medio voceando, pero cuando llegábamos al pasillo donde estaba el aula, se hacía un repentino silencio y lo único que se escuchaba eran los ¡chssssst! de cuarenta alumnos mandándose callar unos a otros. La entrada era ordenada y en total silencio, mientras con el rabillo del ojo observábamos al profesor a ver si estaba enfadado por haber subido veinte minutos tarde.

Don Manuel se encontraba sentado desde las cuatro y un minuto en su cátedra, mirando un libro, con la cara medio tapada por dos o tres dedos en la mejilla, y el pulgar en la barbilla que le sujetaba el peso de la tiesta. Cuando habíamos pasado todos, tras un pequeño resoplido decía:

-"En silencio siéntense". "Página treinta y dos, ya saben lo que tienen que hacer".

Una vez habías abierto el libro por la página en cuestión, veías que el contenido eran los problemas de la lección, y no eran pocos, había que darse prisa en hacerlos porque los que no acabaras en clase te tocaba hacerlos en casa pero cuando ibas a empezar, y el silencio solo era interrumpido por el pasar de las hojas de los libros, sonaba la voz del profesor diciendo:

- Acaso ¿es necesario que yo esté abajo con ustedes para que suban las escaleras como personas normales y sin vocear? Quiero ver como bajan ordenadamente y las suben en silencio.

Salíamos deprisa, sin hacer casi ruido, bajábamos hasta el patio, sabíamos que nos observaba y solo queríamos empezar los ejercicios de química cuanto antes. Una vez vuelto a subir los tres pisos decía:

-Dije totalmente en silencio.

A veces nos tenía su hora subiendo y bajando escalera en fila y con un silencio sepulcral. El número de veces que duraba esa pantomima, dependía de cuántas veces el Segado y él hubieran llamado a la Sra. Rita.

Tras haber subido y bajado alrededor de veinte veces las escaleras, por fin podíamos sentarnos. Justo en ese momento sonaba el timbre del pasillo indicando al profesor que su hora había finalizado. En ese momento nos decía:

- Del tema que estamos dando, ya sabéis que los ejercicios comienzan en la página treinta y dos. Si no os ha dado tiempo de hacerlos en esta hora, me los traéis hechos todos para mañana. He dicho todos, y ni una palabra quiero oír.

A Don Manuel le gustaba pasear por el patio, controlando un poco a los chavales que allí jugaban, incautando algún objeto que él creyera que no debía usarse, como las prohibidas peonzas, o participando a veces de los juegos. Más de una vez jugó con nosotros a los pelotazos, o sea, con dos o tres pelotas de tenis, un grupo indeterminado de muchachos se las lanzaban lo más bruscamente posible con la intención de estrellárselas a un compañero, el cual tras recibir el golpe, cuanto más se rascase mejor. Por supuesto Don Manuel jugaba hasta que recibía la primera lluvia de pelotazos.

Otras veces, dependiendo del humor que gastase ese día, directamente te quitaba las pelotas, y las guardaba en la habitación de incautados.

Algunos días se ponía detrás de una portería de fútbol, y miraba el partido que jugábamos. Mal sitio fue a elegir.

La mente maquiavélica de Zapatero, discurrió que tal y como estaba situado Don Manuel, corría el riesgo de recibir un balonazo. Por lo bajito, pidió que se le pasara el balón, que iba a intentar realizar su maléfico plan. Como si de un incidente más del partido se tratase, recibió el esférico, nadie intentó arrebatárselo, y atizó un potente derechazo, que el portero curiosamente no pudo detener, y que fue directo a la faz del profesor, que estaba pensando en las musarañas. Tal fue el porrazo, que cayó de espaldas dando con sus posaderas en el duro suelo. Atontado por el trompazo, palpaba el suelo en busca de las gafas, que habían salido despedidas a tres metros de sus narices. Rápidamente fuimos todos a preocuparnos por él, con una sonrisilla cínicamente oculta detrás de nuestra preocupación. Le retornamos las lentes, las cuales habían sufrido graves desperfectos quedando totalmente inutilizables. Con cara de resignación y gesto de dolor, el bueno de Don Manuel perdonó al joven agresor mientras musitaba poco convencido, - no pasa nada, ha sido un accidente, no pasa nada. Sospechoso de si no habría sido adrede.

La marca que le habían dejado las gafas alrededor de la nariz, duró dos o tres días, tiempo en el que estrenó lupas nuevas que le sentaban magníficamente.

Olvidado el incidente, quiso el azar que en uno de sus paseos por el patio, el mismo rapaz comentara: - Je je..., mira el Montes, a que le sacudo otro. Dicho y hecho, sin pensárselo chutó el balón con gran virulencia, aunque en verdad sin intención de darle, solo de que la pelota le pasara cerca. Pero no, no fue así, en el mismo lugar de días atrás, el balón fue directo a la cara del profesor, recibiendo tal trompada que se repitió la escena ya vivida, Don Manuel por los suelos y las gafas nuevas destrozadas a escasos metros de éste.

Como accionado por un resorte, el clérigo se incorporó con el ceño fruncido, sacudiendo la cabeza y buscando al agresor. En cuestión de cinco segundos estaba localizado, traicionado por la mirada de todos los alumnos. El muchacho tenía el gesto de horror más espantoso que nadie pudiera imaginar, cuando vio que Don Manuel salía corriendo a por él, señalándolo con el dedo y gritando como un poseso: - Animal, ven aquí, has sido tú, te vas a acordar de mí toda tu vida.

El pobre Zapatero no sabía si escapar o quedarse quieto. Ese lapsus de duda permitió a Don Manuel dejar caer sobre la tiesta del desafortunado el primer zarpazo. Acto seguido lo enganchó por los pelos con una mano, mientras la otra le recordaba a bofetones el precio de las gafas. De esta manera, o sea, a bofetada limpia le fue haciendo subir las escaleras hasta su despacho, donde por lo visto tuvo que llamar a sus padres, personarlos en el colegio, explicar lo ocurrido y por supuesto reponer los anteojos del ministro de la iglesia. Quizá fue ahí donde se fraguó el odio de Zapatero a todo lo que sonara a cura, ya que por otro lado le cayó otra buena azotaina de su padre para que siguiera haciendo el bobo. ¡Vamos!, que entre los guantazos del padre por un lado, y de su padre por el otro a Zapatero le quedó la cara indispuesta.

Y cómo no, enseguida le sacamos los cantares en el recreo de cuyas rimas no quiero acordarme.

Una vez oí que con el tiempo, el pobre de Zapatero, al que Dios había librado de la tara del talento se había metido en no sé que rollos de política, afiliándose a un partido de dudosa credibilidad y militando como un fanático en él, haciendo amistades peligrosas con las que provocó unos espantosos altercados que trajeron horribles problemas a mucha gente sencilla en unos trenes de Madrid. Tras esos incidentes alguien le oyó decir, que los palos del Montes ahora le tocaba repartirlos a él. Pero seguramente que debieron ser habladurías. O quizá no. ¿Quién sabe?

Tras hablar con don Manuel, no era raro que la siguiente entrevista fuera con Don José Luis, vulgarmente apodado el “Parlante”.

No hay comentarios: